Madrid

Todavía un año después es capaz de sorprenderme como el primer día. Para alguien como yo que se ha criado en una ciudad pequeña, poco puede romper la monotonía de su jornada un tranquilo paseo por el centro. Pero aquí todo es diferente.
Mi lunes pasaba sin pena ni gloria, quizá con más pena que gloria por los besos que se han ido en Atocha. He sido algo pícara y me he escapado de una clase. Me he relajado viendo unos cuantos capítulos de mi serie favorita hasta que he decidido dar una vuelta al ver lo poco fructífera que iba a ser la tarde, sobretodo a lo que dejar la marca de mis codos en la mesa se refería.
Ha sido breve. Una visita obligada a una tienda y comienza el camino de vuelta. Enfilando Preciados un chico de mi edad encuentra mi mirada y me asalta para que me haga socia de una ONG. Me hace gracia que últimamente me reclamen tanto para ello, aunque no tanta al pensar que con los años los conflictos no cesan y siempre hay uno nuevo que les sirva de estandarte a demagogos y personas que se las dan de comprometidos, porque es lo que toca según los medios: ser solidarios. Pero bueno, ese es otro asunto.
Después, tras prometer al chico que si me uno a la causa, buscaré su palestina marrón; continúo bajando la calle observando el torrente incesante de gente que por ella siempre transcurre. La mayoría en busca de gangas que por las fechas parece haber de sobra; pero otros, los que más llaman la atención entre tanto movimiento, son los que permanecen quietos durante más de 5 segundos. Entonces me topo con un Don Quijote al otro lado de la calle, que parece adivinar mi admiración por la paciencia de esperar caer las monedas en su caja. Me guiña un ojo entre las decenas de personas que nos separan y me arranca una sonrisa de oreja a oreja, creando un momento de complicidad en el que parecemos ser los conocedores de algo que sólo nosotros sabemos durante unos segundos. Hasta que decido torcer la calle para huir de la marabunta de gente en Sol a media tarde. No acabo de dejar atrás al ingenioso hidalgo, cuando unos perros envueltos en mantas a mi derecha llaman mi atención. Como imaginaba, en el centro de la calle se encuentra su dueño, a punto de comenzar una pequeña demostración de habilidad circense. Entre un educado halago me pide algo de calderilla, a lo que debo responder que no llevo nada encima; por lo que, resignado, sonríe y dice que no pasa nada. Como despedida y (en parte como compensación) no puedo más que desearle suerte, que igualmente agradece con otra sonrisa y el mismo deseo para mí.
En poco más de 3 minutos, mi perspectivas del día han cambiado totalmente. Para todo el mundo, pueden no ser más que tonterías; pasando rápidamente como si ya lo hubiesen visto todo, sin dedicar más que una mirada fugaz a la gente que no sigue su ritmo. Pero para mí esos desconocidos tienen algo que me llama la atención, creo que son la gente que hace especial un sitio. Prueba de ello es que me habré cruzado con cientos de personas hoy, y sólo ellos han hecho que mi día sea diferente y que lo vaya a recordar por algo.
Creo que es la actitud la que determina nuestras interacciones con los demás, es la llave para empezar historias. Quizá la mía casi siempre sea la de mirar a los ojos de la gente y sonreír curiosamente y por eso pueda escribir parrafadas acerca de cosas tan… “corrientes”?
Tranquilos, procuraré ser más breve otras veces 😉

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3 comentarios to “Madrid”

  1. Nuadito Says:

    Muchas veces la gente es cómplice de tus sentimientos con una sola mirada y un ápice de imaginación.

  2. Jimewime Says:

    ¡Uau! muchas veces me ha sucedido algo parecido, que una mirada o una sonrisa de un desconocido me han alegrado el día. Pensaba que sólo yo tenía esa forma de ver las cosas (¡qué egocéntrica!), aunque está claro que no sabría explicarlo tan bien como lo has hecho. Sigue escribiendo, me encanta leerte.

    ¡Un saludo desde la France!

  3. Información Bitacoras.com…

    Si lo deseas, puedes hacer click para valorar este post en Bitacoras.com. Gracias….

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